El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es algo maravilloso. Esa catarsis por la que rogamos para liberarnos de todo aquello que internamente nos consume. Pero como todo, es un arma de doble filo. Díganme pesimista, díganme como quieran, pero lo único que veo es cómo históricamente todo se repite. Hemos desgastado como raza humana todos los temas existentes en forma de canciones u obras plásticas, es como si estuvieramos en la espera de una voz que gritara desde éste desierto “Observen, ¿no ven nada malo con ésta imagen?”.
Pero en lugar de cuestionarnos e indagar en el existencialismo del que actualmente carecemos, evadimos como cobardes eso que realmente nos enriquecería como individuos.
No somos más que adictos al conocimiento con la esperanza de encontrar mediante la ciencia alguna respuesta a toda esta incertidumbre, evadiendonos, temerosos de una mirada y evaluación introspectiva.
“Estás loca”, “sos una demente”, éstas etiquetas sociales ya las he escuchado innumerables veces y, para ser honesta, me siento orgullosa de ello. La tan afamada normalidad es pura estadística, es como estar en el punto medio de la campana de Gauss, o como dijo Séneca en su libro “Sobre la felicidad” : “… el camino más frecuentado y más famoso es el que más engaña. Nada importa, pues, más que no seguir, como ovejas, el rebaño de los que nos preceden, yendo así, no a dónde hay que ir, sino a donde se va”.
Díganme soñadora, idealista, pero me resulta evidente como cada vez nos llenamos de más y más objetos, cosas materiales, y mi impresión es que con ello simplemente intentamos llenar el vacío interno de una identidad en búsqueda de un significado real.
¿Cuál es mi objetivo con todas estas palabras? No pretendo ser dueña de la verdad, ésta no es más que mi visión y, en base a ella, quisiera invitar a quienes les interese a ser valientes y buscar su propia verdad, su propia identidad y aquello que realmente les enriquezca como seres humanos.

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Violencia es mentir